Vivir en el extranjero o vivir como extranjeros


Vivir en el extranjero debería ser una experiencia positiva y motivadora en términos generales. El problema para algunos, que han vivido un cierto tiempo en otro país, dicen que es enfrentarse a volver al lugar de origen. Las experiencias son diversas y se habla “choque cultural inverso” refiriéndose a que “no es tan fácil volver a casa después de haber vivido en otro país”.

En nuestro caso particular hemos vivido algo más de dos años seguidos, en el extranjero. La experiencia de vivir en el extranjero fue motivadora, pero no arrebatadora. Nuestro corazón no se quedó allí, aunque nos sentíamos como si estuviéramos en casa, pero ¿Puede ser difícil volver a casa después de vivir en el extranjero? Todo depende de las metas, objetivos y expectativas que tengamos para salir de casa y para regresar.

El pretendido síndrome del “choque cultural inverso” se producirá no solo cuando volvemos al lugar de origen sino también cuando llegamos al país que consideramos como extranjero. El choque cultural se produce tanto a la salida, como a la llegada. El choque cultural es inevitable al inverso y al reverso.


Todo cambio, por mínimo que sea, produce un cierto choque cultural, emocional o espiritual. El conflicto más común al cambiar de país es extrañar, en primer lugar, la comida, el clima, los horarios y evidentemente la forma de vida de los residentes del país al cual llegamos con el auto-estigma de sentirnos extranjeros ¿Nos sentiremos siempre extranjeros al estar fuera de nuestro país o casa? No es una verdad universal el que nos sentiremos extranjeros estando, en otro país. El sentimiento de ser extranjeros es independiente al lugar en dónde residimos ¿De qué depende sentirnos o no extranjeros?

En condiciones normales nos podemos sentir extranjeros, en nuestro propio país ¿Algunos de nosotros nos hemos sentido, más de una vez, extranjeros incluso entre nuestros propios compatriotas? ¿Hemos sentido que venimos de otro planeta estando, en el lugar dónde nacimos y vivimos habitualmente? Los que dicen que se sienten extranjeros, estando en el extranjero, están diciendo una obviedad y una redundancia, que no debe asumirse como ley absoluta. El sentimiento de sentirse extranjero es más bien un sentimiento de soledad, desubicación y de falta de propósito en la vida, que se produce independientemente del lugar en dónde estemos. 

El estigma de sentirse extranjero es más cuestión de propósitos, metas y objetivos, que el de cuestiones meramente culturales. Cuando no sabemos para qué estamos viviendo, en el mal llamado extranjero o en nuestra propia casa, nos entra el pánico de la soledad, el victimismo y la apatía. La soledad que sentimos se produce por la desconexión con los propósitos de la vida y más concretamente con los objetivos que Dios nos ha marcado, para alcanzar de forma personal, familiar y comunitaria. Entender esto es de vital importancia.


No depende del lugar en dónde estemos el sentirnos más o menos extranjeros, sino del lugar en dónde estén los objetivos, las metas y los compromisos adquiridos con nuestra Familia de Fe. El Cielo nos ha marcado unos claros objetivos de vida, estemos en el lugar que estemos, para nuestro progreso, madurez y realización espiritual. El sentimiento de ser extranjeros, en nuestro caso como creyentes, debería ser lo más normal, aceptado y asumido. El lugar en dónde nacimos, crecimos y vivimos siempre nos hará sentir que somos extranjeros si somos verdaderos Hijos de Dios.

El llamado “choque cultural inverso” debe entenderse en realidad como un choque de valores, metas y objetivos espirituales, que no se han alcanzado en la Casa Espiritual y que difícilmente se alcanzarán, en el mundo. Lo difícil no es reintegrarse a la vida, que antes llevábamos en nuestro país de origen, sino reintegrarse al llamamiento que Dios hizo, para ser Ciudadanos del Reino de Dios. El sentimiento de ser extranjeros es parte de nuestra fe, convicción y un distintivo que nos distingue, valga la redundancia, del resto del mundo. La enseñanza bíblica es que estamos en el mundo, pero no somos del mundo. En realidad, vivimos en el mundo, pero no tenemos los mismos valores, metas y objetivos que el mundo. Todo también es muy importante entenderlo y asumirlo.

Algunos se van al extranjero y con eso de llevarse poco equipaje se dejan, en casa las responsabilidades, las virtudes, los dones y el llamamiento del Cielo, que recibieron en la tierra. El choque no es tanto cultural, como si lo es espiritual. El conflicto se agudiza cuando pretendemos regresar a casa, a la Casa Espiritual, dándonos cuenta que hemos estado en el extranjero, viviendo como extranjeros fuera del Reino de Dios. Lo complicado no es cambiar de lugar sino cambiar de mentalidad y especialmente de mentalidad espiritual. Lo difícil es aceptar que estamos lejos de lo que Dios espera de nosotros y no tanto por la distancia geográfica la cual nos separa de nuestra familia, amigos o país.

El verdadero sentimiento de soledad, incertidumbre y conflicto se experimentan cuando reaccionamos regresando al Reino de Dios y queremos desempolvar los dones y las virtudes, que dejamos olvidadas en nuestra precipitada salida al mundo. En la práctica nos sentiremos verdaderamente extranjeros y extraños cuando “viajamos” al mundo, aunque no percibamos que estamos fuera de la Casa Espiritual. Un sentimiento que Dios pone en nuestro corazón, con buenos propósitos espirituales.

La Parábola del Hijo Pródigo o Despilfarrador (Lucas 15.11-32) es una de las experiencias mejor relatadas de lo que significa salir de la Casa Espiritual y vivir en el mundo, como expatriados del Reino. Tal vez no estamos apercibidos de que hemos dejado la casa espiritual y pensamos que solo estamos viviendo en un país extranjero, pero nuestros sentidos espirituales nos dicen lo contrario. Cuando “volvemos en sí” nos damos cuenta que sentirnos extranjeros lo pone Dios en nuestro corazón, para que estemos apercibidos de lo que somos y lo que debemos ser. Cuando entendemos esto iniciamos el camino de regreso al hogar. Siempre será mejor, absolutamente mejor, ser jornalero en la Casa del Padre, que trabajar en el mundo y vivir comiendo las insípidas algarrobas, que los pobres animales comen.

El Buen Padre siempre recibirá de nuevo con entrañable amor, compasión y renovado ánimo, al hijo que regresa, para que se sienta en casa y retome sus responsabilidades en el sentido más amplio de la palabra. Quiera el Señor que no perdamos el sentimiento de ser extranjeros cuando salidos, aunque sea temporalmente, de nuestra Casa Espiritual incluso cuando estamos, en nuestro país de origen. Gracias sean dadas al Cielo que ha puesto en nuestro corazón sentirnos extranjeros, en este mundo. 

La expresión más clara de lo que somos viene de nuevo de la Escritura, que nos enseña así: En aquel tiempo estabais sin el Mesías, alejados de la Ciudadanía de Israel y ajenos a los Pactos de la Promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo (Ef. 2.12) Somos Ciudadanos del Israel de Dios y por tanto siempre deberíamos sentirnos extranjeros en este mundo. Somos lo que somos estemos dónde estemos ¡No lo olvidemos nunca y volvamos en sí! 
¡Ahora que has acabado de leer mira este video al respecto!

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