Compartir y repartir según la necesidad de cada uno

En este día leyendo el Libro de Hechos llamó poderosamente mi atención el pasaje que paso a reproducir, en el siguiente párrafo. Una reflexión que comparto en el contexto de la serie: Un Tesoro Escondido en Parábolas. El pasaje de referencia es la mejor definición práctica y más precisa, de los conocidos Intereses Comunes y Comunitarios.

“Todos los que habían creído estaban juntos y tenían en común todas las cosas: vendían sus propiedades y sus bienes y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno” (Hechos 2.44–45)

En el estudio anterior hablamos de “Las formas que toma el amor al dinero” que no deja de ser una manifiesta dependencia de acumular cosas o bienes materiales, entre otros graves problemas emocionales y espirituales. Una pregunta lógica entre otras, y no siempre respondidas, serían ¿Para qué acumulamos cosas? ¿Qué nos mueve a tener más cosas? ¿En qué pensamos a la hora de compartir y repartir lo que poseemos? En el pasaje anteriormente citado del Libro de Hechos se deja ver un sentimiento de solidaridad, ayuda mutua y renovada fe, en aquellos hombres y mujeres que habían optado por vivir de una manera diferente, a la mayoría que conformaba la sociedad del momento.


Los Intereses Comunes y Comunitarios necesitan una forma práctica de llevarse a cabo en lo personal y en lo comunitario. No deberíamos vivir para acumular sino para compartir y repartir las bendiciones que el Cielo nos envía. Un propósito, el de compartir y repartir, claramente definido en la Escritura. La generosidad bien entendida es una forma de cooperar con el Cielo, para que otros entiendan, con palabras y hechos, el mensaje que nos conduce por el Camino de la Salvación. El dar y el darse tienen que promover nobles propósitos. Unos propósitos que forman parte de un estilo de vida en los cuales hemos sido instruidos por el Cielo.
 
La Escritura nos dice que “todos los que habían creído estaban juntos y tenían en común todas las cosas” como dijimos anteriormente la definición más práctica de lo que significan los Intereses Comunes y Comunitarios. Los que habían creído tenían en común no solo ideas, enseñanzas o conocimientos, sino que tenían en común todas las cosas. Una forma práctica de vivir que va más allá de una mera creencia comunitaria. Un estilo de vida muy alejado de aquellos que se empeñan en vivir un hedonismo tendente a la búsqueda del placer y el bienestar, individual o colectivo. La religión hedonista de vivir por encima de nuestras posibilidades, por encima de los demás orgullosa y ostentosamente siempre es un mal negocio.

La marcada diferencia en la forma de vida, entre aquellos que recibieron el mensaje del Mesías y el resto, radicaba y radica especialmente en la forma y el fondo, de los objetivos que tenemos en la vida. No buscamos tener, sea lo que sea, para acumular, enorgullecernos o llamar la atención sino para compartir y repartir entre todos los que somos parte de la Familia de Dios. Los objetivos de acumulación y posesión individualistas siempre acaban mal y por lo general en manos de otros. El Cielo nos comparte y reparte su bendición, para que tengamos un estilo de vida diferenciador y sepamos cómo invertir sabiamente y con nobles objetivos, para con los demás.

Lo que llamó especialmente mi atención, en el pasaje de referencia, fueron las palabras “vendían sus propiedades y sus bienes” con propósitos buenos y nobles objetivos se sobreentiende. Lo que vendían era algo más que cosas pasadas de moda, usadas o que ya no necesitaban. Las cosas que vendían iban desde propiedades, terrenos o inmuebles y todo tipo de bienes materiales. No vamos a especular con saber qué tipo de bienes eran los que vendían, pero lo más probable es que fueran valiosos. Lo que quisiéramos enfatizar es que vendían por motivaciones espirituales y no por acumular mayores beneficios materiales. La Escritura nos enseña que “repartían a todos según la necesidad de cada uno” una clara muestra de las motivaciones, que tenían para vender sus bienes.


No vendían para invertir en “la bolsa de valores” sino para invertir en la bolsa de las necesidades comunes y comunitarias, que sustentaban con su generosidad ¿Qué objetivos tenemos al vender nuestros bienes? ¿Qué haríamos con los beneficios económicos resultantes de una venta? ¿Son nuestros propósitos nobles y tendentes al bien común? Estas preguntas deben ser respondidas de forma personal y evaluar las razones que tenemos, para desprendernos de algún bien o valor. El objetivo es compartir y repartir según la necesidad de cada uno de cuantos componen la Comunidad de Fieles. No se trata solo de un acto con fines sociales sino particularmente un hecho con fines espirituales.

En anteriores enseñanzas dijimos que podríamos compartir, regalar o donar muchas de las cosas acumuladas con otras personas, que las necesitaran. En el mismo contexto dijimos que podríamos dar una nueva utilidad a esas cosas reparándolas, reutilizándolas o reciclándolas cuando no fuere posible su normal utilización. Por último, señalamos la posibilidad de vender todo aquello que no utilizamos que tenga un evidente valor y buen uso, pero ¿Qué haríamos con los posibles beneficios? Además de la necesaria respuesta personal es preciso conocer y entender la enseñanza, de carácter comunitario, al respecto. Continuaremos desarrollando el tema en las próximas semanas. La práctica de compartir y repartir, todo y todos, permitirá que nadie diga que siempre somos nosotros los que nos quedamos con lo mejor.

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