Las formas que toma el amor al dinero


El amor al dinero es una manifiesta dependencia de acumular cosas o bienes materiales, entre otros graves problemas emocionales y espirituales. 

La riqueza material se manifiesta en múltiples formas y soportes físicos. El oro, la plata, acciones, cuentas bancarias, dinero en metálico, diamantes, piedras preciosas, terrenos, edificios o casas son algunas de las formas, que toma el amor al dinero. Una realidad que tal vez algunos no quieran aceptar es que cuando hay mucho oro, poco se ora. La dependencia del Cielo queda minimizada por la falsa seguridad, que aportan las cosas materiales.

La satisfacción y la seguridad que nos produce la acumulación de bienes, sean los que sean, nos alejan de la dependencia del Cielo. En la mayoría de los casos, como ya dijimos, lo espiritual está muy condicionado por lo material. Un axioma(1) es que cuanto más tengo, menos valgo y menos sirvo, para lo que fui creado y llamado. Cuando se acumula mucho el peligro es perder calidad humana y espiritual. Se pierde la visión para la cual fuimos llamados de servir a Dios. Algunas personas cuando no tienen nada se muestran humildes y colaboradoras con los demás, pero cuando alcanzan sus ocultos objetivos e intereses personales se vuelven orgullosas, arrogantes y desinteresadas en los problemas ajenos. Un cambio de actitud, emocional y espiritual, que tarde o temprano acaba en tragedia. Una señal de peligro que no debemos ignorar.

Los proyectos personales, comunes a todos los seres humanos, tienen que estar enfocados al bien general y comunitario. Los intereses personales son buenos y útiles, en la medida que tienden al bien común de todos incluidos los de la Comunidad. Un objetivo personal es sano y efectivo cuando está dirigido al beneficio mutuo y común de cuantos formamos parte, en primer lugar, de la Familia de Fe. Todo lo que esté enfocado a nuestro exclusivo interés personal se desvanece o pierde, en nuestras propias manos despilfarradoras. Dar y darse no es cuestión de cantidad sino específicamente de calidad.

Las mayores fatalidades que hemos visto están relacionadas con personas que usaron a Dios como un medio de prosperar. No pusieron a Dios en el medio de sus vidas. Más bien vieron en Dios un medio a su favor, para utilizar en sus vidas. Pensar que podemos “utilizar” a Dios es más grave de lo que parece. Algunos dicen que se puede prosperar sin la intervención del Cielo. Claro que se puede prosperar sin la intervención de Dios, pero el efecto será siempre demoledor, por mucho que se alcance a acumular y tener.

Muchos se sienten seguros con lo que han logrado acaparar, en el transcurso de los años. Todo parece indicar que no recordamos cuando llegamos a Dios derrotados, pobres y sin esperanzas. Muy pronto olvidamos el amor de cuantos nos recibieron con los brazos abiertos y nos dieron ánimo, comprensión, buenos consejos y ayuda de todo tipo. Aquellos olvidados, que nos vistieron cuando estábamos desnudos. Gente buena, que nos dieron de comer cuando estábamos hambrientos. Amigos generosos, que nos sanaron cuando estábamos desesperados y confusos ¿Quiénes fueron esos ángeles? No, no fueron ángeles sino personas, que entendían el valor de vivir conforme a los Intereses Comunes y Comunitarios establecidos en la Escritura.


Mujeres y hombres con la capacidad de negarse así mismos, a sus propios intereses personales, dispuestos a servir por amor a Dios y al ser humano. Los que olvidan la generosidad de los demás acabarán mendigando, otra vez, la generosidad ajena. Cuando no aprendemos ciertas lecciones estamos condenados a repetirlas una y otra vez. Algunos pasaron cuarenta años aprendiendo la lección de la vida, en el desierto. Lamentablemente allí quedaron sin aprender lo que el Cielo quería enseñarles sobre los Intereses Comunes y Comunitarios del Sinaí.

Las Leyes de la Prosperidad pasan por saber lo que es útil y lo que es superfluo e innecesario. La acumulación de supuestos bienes materiales, inundan nuestras casas y no dejan espacio para la Sabiduría que viene de lo Alto. Unas sabias verdades que nos liberan de la dependencia y la influencia, de la suma de cuanto poseemos. La falsa creencia de que “tanto tienes tanto vales” es una trampa, en la cual la mayoría ha caído. Una mentira acepta como verdad irrefutable.

En realidad, el valor de los que somos no es por lo que tenemos sino, por aquello de lo cual nos hemos librado y liberado. La mayoría de los que salieron de Egipto fueron liberados, pero no llegaron a ser libres. La mentalidad de la esclavitud se quedó en sus corazones. Los bienes materiales, que como nuevos ricos habían acumulado en muy poco tiempo, pesaban demasiado como para avanzar hasta la Tierra Prometida. En la serie que estamos tratando “Un Tesoro Escondido en Parábolas” se nos muestra la enseña de aquella viuda que dio de la forma más valiosa, que se puede dar.

“Y vino una viuda pobre y echó dos blancas, o sea, un cuadrante. Entonces, llamando a sus discípulos, les dijo: De cierto os digo que esta viuda pobre echó más que todos los que han echado en el Arca, porque todos han echado de lo que les sobra, pero esta, de su pobreza echó todo lo que tenía, todo su sustento” (Mrc. 12.42–44)

La Parábola de la Viuda, aquella que dio más que nadie, no fue contada para que sepamos dar sino para que sepamos diferenciar el valor que tiene la calidad, sobre la cantidad. Los que tienen mucho, una percepción ambigua, cuando dan algo suelen creerse mejores, que los demás. Lo que les interesa es parecer interesantes a los demás y recibir su adulación. 
Lo que buscan es reconocimiento, halagos, que les haga sentir justificada sus acciones. No dan por sana generosidad sino para demostrar orgullosamente sus triunfos en la vida. Unos pobres emocionales que buscan ser aclamados, como salvadores de los demás. Aquellos que dan para que todos vean lo que hace su mano izquierda y derecha. No esconden lo que hacen, todo lo contrario, lo van divulgando a cada paso que dan. El deseo de reconocimiento es un complejo de los frustrados por no alcanzar el nivel, sea en lo que sea, que otros han alcanzado ¿Tiene tratamiento este complejo? Naturalmente que si, aunque es uno de los más problemáticos de tratar.

El valor de lo que dio la viuda no estaba en la cantidad sino en la calidad espiritual y humana de lo que compartió. La viuda dio menos que todos aquellos que se estaban vanagloriando, delante de los demás, de su supuesta generosidad. La viuda recibió el reconocimiento del Cielo no por la cantidad que dio sino por la calidad, el corazón y la intención con la que compartió.

Todos tenemos que hacernos algunas preguntas al respecto ¿Para qué damos? ¿Para sentirnos mejor con nosotros mismos? Dar para sentirnos mejor nosotros, y no para hacer sentir mejor a los demás, es una tragedia de graves consecuencias. En el contexto que estamos de quitar todo lo acumulado, para alcanzar todo lo bueno deberíamos empezar por despejarnos de toda arrogancia, presunción y orgullo, por lo que damos. A la vez evaluar la actitud que tenemos y determinar las motivaciones, por las que compartimos algo. Un duro trabajo de auto-evaluación.
La ínfima cantidad que compartió la viuda superó con creces todo lo que dieron los demás. El valor en términos materiales que compartió la viuda superó la suma de todas las ofrendas, que recogieron del resto que allí estaban. No nos confundamos y pensemos que si damos mucho seremos tenidos más en cuenta por Dios. Un engaño de ese calibre es imperdonable. No hay “perdón” para los que se creen mejores que los demás, por tener mayor capacidad económica. Un engaño que siempre sale muy caro.

El amor al dinero toma formas espantosas, pero la más terrible es la forma del orgullo por dar y sentirse adulado por los demás. La viuda no dio para que la agradecieran los demás su generosidad. No dio tampoco de aquello que la sobraba. La virtuosa mujer dio lo único que tenía con genuina fe y confianza, en la provisión del Cielo. Las razones por las que damos pueden ser constitutivas de delito espiritual. Los que dan para sentirse reconocidos y adulados son los más dignos de conmiseración o sentimiento de pena, por nuestra parte.

"El Cielo nunca nos pedirá que demos más de lo que tenemos, pero nunca menos de lo que debemos dar, en calidad tanto como en cantidad" 

Acumular dinero está en el mismo nivel problemático que el de acumular cosas. El dinero es una cosa que todos quieren, pero no deja de ser una cosa, por mucho brillo o valor que tenga. La mejor manera de prosperar es compartir y repartir, conforme a los Intereses Comunes y Comunitarios, para que nadie diga que siempre nos quedamos con lo mejor.

(1) Axioma: Proposición o enunciado tan evidente que se considera que no requiere demostración.

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