Un compromiso de solidaridad para con todos

Los sueños de las generaciones pasadas, que vivieron en la esperanza de ver la restauración de todas las cosas creadas por Dios, deberían ser un objetivo prioritario en nuestras vidas. Si los judíos, entiéndase como Pueblo de Dios, no hubieran transmitido de generación en generación el sueño de tener una patria nacional judía no hubiéramos visto el actual Estado de Israel. Una promesa del Cielo hecha realidad en nuestra generación. 

Los Intereses Comunes y Comunitarios, a modo de tesoro escondido, también se traspasan a nuestros hijos por medio del ADN espiritual si forman parte de nuestras intenciones, proyectos y objetivos, pero ¿Estamos dispuestos a trasmitir la esperanza de su plena puesta en práctica? Lo hemos dicho otras veces, pero mejor herencia no podríamos dejar a nuestros hijos.

Todos estamos inmersos en una lucha existencial por medio de la cual avanzamos, retrocedemos, perdemos o ganamos. La vida es una guerra que estaría perdida sin la intervención de Dios, en nuestro favor. Una guerra que exige de nosotros decisión, valor y fe inquebrantables. No estamos hablando de una guerra convencional sino de una guerra espiritual que alcanza a todas las áreas de la vida. Los objetivos que tenemos, a nivel personal, familiar y comunitario, están enfocados a la victoria. Los que hablan en otros términos que no sean de victoria, ya están derrotados. No estamos aquí para perder sino para ganar, vencer y conquistar todas las cosas que el Cielo ha preparado de antemano, para que las alcanzásemos.


Un compromiso de solidaridad que implica dar la oportunidad a cuantos tenemos en nuestro círculo de relación de que conozcan al Mesías. Un mensaje solidario para que se arrepientan de sus maldades, sean las que sean, y tengan la posibilidad de salvarse de la condenación eterna. ¿Suena fuerte verdad? Pues es menos fuerte que la dura realidad, que tarde o temprano todos tendremos que pasar, si no vivimos conforme a los planes que Dios tiene, para toda la humanidad.

La vida se divide en grandes grupos de seres humanos. Los que creen en Dios y obedecen sus Mandamientos. Los que dicen creer en Dios, pero no guardan, ni de lejos, los Mandamientos y Preceptos, que el Cielo estableció para todos los hombres. Luego están aquellos qué cumpliendo algunos Mandamientos, aparentemente, se jactan de espirituales y juzgan con rigor a los demás. En el lado opuesto, y no por eso peores ni mejores, están los que no creen en Dios, pero mantienen alguna forma de ley que tratan de sobrellevar y cumplir como pueden. En todos los casos, estemos en el grupo que estemos, lo peor está en la jactancia de creernos superiores o mejores que los demás. Jactarnos de lo que somos es una demostración clara de que no somos lo que decimos.
   
“Si algunas de las ramas fueron desgajadas y tú, siendo olivo silvestre, has sido injertado en lugar de ellas y has sido hecho participante de la raíz y de la rica savia del olivo, no te jactes contra las ramas; y si te jactas, recuerda que no sustentas tú a la raíz, sino la raíz a ti” (Rom. 11.17–18)

Muchos en un claro modelo de orgullo espiritual, absurdo se mire como se mire, se jactan de ser más espirituales que el resto de la humanidad. Un modelo de actuación que no trae nada bueno. La moda de parecer judíos, sin serlo, daña a los judíos y cuantos hacen de su vida un teatro de vanidades y jactancias interpretando un papel que no les corresponden.


El amor al Pueblo de Dios Israel que demostró Pablo de Tarso es todo un ejemplo de lo que el Cielo espera de todos nosotros. Un amor a sus conciudadanos que le llevaron a derramar lágrimas por su pueblo y a consagrar su vida en el servicio a Dios, para compartir y repartir todo lo que el Cielo puso bajo su responsabilidad. Un estilo de vida comprometida con Dios y con el prójimo que forman parte de los reiteradamente nombrados Intereses Comunes y Comunitarios, que nos sustentan y animan.

En la lectura que estamos haciendo del llamado Brit Hadashá o Pacto Renovado seguimos encontrando esos “Tesoros Escondidos” que tanta riqueza espiritual están aportando a nuestras vidas. Animo desde estas líneas a leer la Escritura todos los días. Algo práctico que podemos hacer es leer los capítulos del día por la mañana, a primera hora, inmediatamente después de levantarnos. Para empezar bien el día hay que leer, orar y estar dispuestos a compartir y repartir los “Tesoros Escondidos” que el Cielo nos ha compartido a nosotros. Unos “Tesoros Escondidos” encontrados para que los compartamos con todos los que nos rodean.


Para concluir una pregunta ¿Fuerte la lectura de Romanos verdad? No me refiero a los romanos, como es evidente, sino a los verdaderos judíos que vivían en Roma. Unos judíos que fueron ya expulsados de Roma y perseguidos incluso hasta la muerte. Unos judíos que servían y vivían el Judaísmo, que el Mesías les enseñó a interpretar y a practicar, con todas las consecuencias. Un modelo de vida, el Judaísmo de Jesús, que debe alcanzarnos a todos nosotros en la actualidad.

El mensaje de la Escritura es claro y clarificador “Así que la fe es por el oír, y el oír, por la Palabra de Dios” Rom. 10.17 ¿Queremos tener fe? ¿Queremos estar fuertes? ¿Queremos ser ejemplos ante nuestros hijos en primer lugar? Oigamos, leamos, meditemos, memoricemos, practiquemos, compartamos y repartamos la Palabra de Dios, a todos a nuestro alrededor, para que nadie diga que siempre nos quedamos con lo mejor.


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