¿Qué va a salir del horno de la prueba?

Las pruebas son circunstancias en las cuales tenemos que elegir o tomar decisiones que afectarán a nuestro presente y futuro. La historia de Daniel es un ejemplo impresionante de lo que significa servir a Dios o servir a nuestros más comunes deseos de satisfacciones temporales y materiales.

Nuestra historia empieza cuando el rey Nabuconodosor había dado la orden de hacer una estatua para que todos se postrasen ante ella. Así lo relata de Escritura: “Y el pregonero anunciaba en alta voz: «Se os ordena a vosotros, pueblos, naciones y lenguas, que al oír el son de la bocina, la flauta, la cítara, el arpa, el salterio, la zampoña y todo instrumento de música, os postréis y adoréis la estatua de oro que el rey Nabucodonosor ha levantado; y cualquiera que no se postre y adore, inmediatamente será echado dentro de un horno de fuego ardiente” (Daniel 3.4–6).

Cuando Daniel y sus amigos fueron llevados al horno de fuego habían tomado la decisión de no postrarse ante una imagen, ni hacerle petición alguna. La decisión de confiar en el Único Dios Verdadero se vio confrontada con estar dispuesto a morir antes que romper con todo lo que habían creído desde su niñez. Daniel había aprendido el Shemá que le instruyó a no adorar a dios alguno, a no postrarse ante imagen alguna y a confiar su vida al Dios Verdadero. Para situarnos en el contexto deberíamos tener en cuenta que Daniel gozada de una posición envidiable en la sociedad de su época lo que no fue óbice para decidir servir a Dios en contra de la voluntad de los hombres. Nabuconodosor no era un hombre cualquiera era el rey y en sus manos tenía la vida y la muerte de sus súbditos. En nuestros días algo así se escapa de nuestra comprensión.

Muchas veces valoramos más lo que tenemos a lo que somos y lo que se espera de nosotros. Tanto Dios como los hombres esperan de nosotros algo más que palabras. La tentación no solo era postrarse o no postrarse ante una imagen. La decisión era creer que era más importante obedecer a Dios y a su fuero interno de creencias que doblegarse a la voluntad de un hombre aunque fuera el rey Nabuconodosor.

¿Qué podría ser en nuestro tiempo algo similar a lo que se pedía a Daniel? Déjame decirlo con algunos ejemplos muy sencillos. Cuando estamos en una posición social de reconocimiento, sea por lo que sea, es más fácil ceder a doblegarnos al mundo que a obedecer a Dios. No queremos perder nuestro estatus. No queremos desprendernos de todo aquello que creemos nos merecemos o hemos conseguido por nuestro mérito o esfuerzo. Una vida cómoda es la mejor manera de caer en la tentación de valorar más lo que tenemos que lo que somos o deberíamos ser. Nosotros decimos que somos Hijos de Dios lo que implica tener una serie de valores y conductas que nos distancian, como la noche del día, de este mundo y sus ofertas de engañosa prosperidad.

¿Qué esperamos alcanzar en la vida? Dinero, fama, autoridad, poder, cosas pasajeras pero que son codiciadas por la mayor parte de la gente común. Un inciso como Hijos de Dios no somos gente común aunque tengamos las misma necesidades comunes que los demás. No pensamos, ni actuamos como el resto de los mortales pero ¿Es esto siempre así? Lamentablemente no. Muchas veces cedemos ante las presiones sociales y nos dejamos llevar por la corriente que nos arrastra hasta el abismo de la mundanidad. Somos santos pero vivimos como los que por naturaleza no lo son.

Todos los seres humanos pasamos por pruebas que en muchos casos son una especie de horno donde podemos salir quemados o purificados de todo lo inmundo que llevamos dentro. La decisión de Daniel de no ceder a las presiones le llevó al horno de la prueba de donde salió renovado. Toda su posición, poder, autoridad y medios materiales se tendrían que quemar en el horno para salir además de renovado salir purificado. ¿Qué valoramos lo que nos demanda Dios y actuar en consecuencia o lo que nos impone el mundo? La victoria viene cuando superamos la prueba y tomamos la decisión correcta de obedecer antes a Dios que a los hombres por muy poderosos que sean. Ya sea un rey o un simple jefe en una relación laboral tendrás que pasar por el horno de la prueba al tomar las decisiones que estarán en contra de tu fe en Dios.

La decisión de Daniel implicaba morir, vivir, perder o ganar. Si Daniel hubiera considerado que su estatus social, su placida y segura vida hubiera valido más que una “incierta” promesa de Vida Eterna su decisión hubiera sido diferente. Cada decisión correcta nos purifica al igual que cada decisión incorrecta no contamina. La responsabilidad por las decisiones que tomes es tuya ¡Luego no digas que no lo sabías!

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