El ritmo de marcha en el viaje a la Libertad


No salimos de la esclavitud para quedarnos a la mitad del camino, a la libertad. En el viaje a la libertad necesitamos ser perseverantes en el tiempo, fuertes ante los contratiempos y con una fe que no sea llevada de un lado a otro, con extrañas creencias aparentemente espirituales.

La motivación, por sí misma, no es suficiente para atravesar las ardientes arenas del desierto. No podemos confiar que seremos fuertes y valientes, en todo el peregrinaje hasta llegar a la Tierra Prometida. El Pueblo de Israel, los que creían y los que dudaban, necesitaron cuarenta años para llegar al objetivo marcado, por el Cielo. La autocomplacencia es un mal compañero de viaje sea cual sea el destino al que deseemos llegar. El creernos suficientemente preparados puede ser la mayor trampa, que nos haría caer en las arenas movedizas las cuales son imperceptibles a la vista, en el desierto. La precaución es un signo de madurez no de cobardía, que exige firmeza, decisión y probada experiencia.

El tiempo de desierto marca la piel, en lo exterior, y el corazón de nuestro interior. Nos hace fuertes o nos debilita y destruye. Las quemaduras del ardiente sol, dicen los dermatólogos, se quedan grabadas en la piel, que tiene también memoria. El corazón de la misma manera tiene una memoria tan sensitiva, como la ya mencionada piel, que no se olvida de lo que se sufre en el desierto de la vida. Cuidado, no pensemos que solos podemos atravesar un desierto sin la ayuda de los demás. Muchos se quedaron en el desierto con una improvisada espiritualidad, que no les sirvió para superar la prueba.


En el Viaje a la Libertad del Pueblo de Israel el tiempo hizo mella, en los ánimos de los recién salidos de la esclavitud. Las cicatrices del látigo se quedaron en la piel, pero las cicatrices emocionales de la esclavitud se quedaron en el corazón. No podemos recorrer este singular viaje de la vida, sin la adecuada protección emocional y espiritual. Todos sabemos que el cuerpo se desgasta, pero lo que no tenemos tan claro es el desgaste emocional, que se produce en el proceso de alcanzar una meta o un objetivo. 

Las contradicciones y las malas decisiones también desgastan, en este proceso de caminar por el desierto. Muchos salieron de la esclavitud, pero la esclavitud no salió de ellos. Tozudamente miraban atrás entorpeciendo el camino de los demás. Nunca mirar atrás fue tan dramático, para aquellos que pretendían llegar a la Tierra Prometida.


El marcarnos metas y objetivos es solo parte del proceso, para alcanzar un cierto nivel emocional y espiritual. Además de esos puntos de referencia, que son las metas y los objetivos, necesitamos la paciencia, la perseverancia y la imprescindible fe. Una serie de virtudes espirituales que fortalecen las emociones, los sentimientos, los sueños y la visión de futuro, que como pueblo mantenemos y queremos alcanzar. La individualidad ciega el futuro y hace del pasado una visión del presente. Un drama sobre otro drama, de aquellos que eran libres pero que no habían sido liberados, en lo más profundo de su corazón.

Las metas y los objetivos están acompasados, valga la redundancia, al paso que va el pueblo del cual formamos parte. No podemos caminar unos más rápido que otros. El paso al que van unos marcar el ritmo, de todo el grupo. Las arenas del desierto no esperan a los rezagados lamentablemente se los traga o los deja dando vueltas y vueltas hasta que se cansan, se detienen y se van secando poco a poco. Merece un esfuerzo reflexionar sobre este tema, que es solo el primer paso, de esta serie.

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