Los verdaderos artífices de genuina fe motivadora


Muchas cosas se pueden hacer sin estar motivados, pero no toda acción o trabajo motiva. Lo que hemos comprobado es que la motivación produce esfuerzo y buen ánimo tanto a nivel personal como en equipo. 

La actitud es lo primero que hay que cambiar. Las personas individualistas no quieren cambiar, ni la actitud, ni todo aquello que está relacionado con los demás. No quieren, ni saben vivir en grupo y se desconectan con facilidad de los intereses comunes y comunitarios. La opción que eligen es vivir como quieren sin pensar, en lo que otros quieren. Un conflicto de intereses que no saben resolver y que siempre les están causando frustración y conflictos con los demás.

La meta prioritaria, que todo debemos tener, es cambiar nuestra actitud como personas, familia, congregación o comunidad. 

Todo cambio exige primeramente una transformación personal. Lo que no cambiemos a nivel personal, entiéndase la actitud, siempre generará desánimo y pesimismo en nosotros y en los demás. Un cuerpo sano requiere un actitud sana y equilibrada para poder hacer los cambios necesarios, a lo largo de toda la vida. Nos vamos haciendo y mejorando poco a poco a lo largo de toda la vida.


El que mantiene un lenguaje negativo, pesimista, derrotista o simplemente el que acepta pasivamente como inevitable lo que es, o aquello que le sucede, lleva un lastre innecesario y pesado. Un lastre innecesario que nos afecta personalmente, como grupo, equipo, familia y comunidad. La motivación tiene que ver con la satisfacción emocional y espiritual que produce servir a Dios y a los demás. En términos bíblicos servir a los intereses del Reino de Dios, que no dejan de ser los Intereses Comunes y Comunitarios de los que tanto hablamos.

Somos parte de un Reino de labradores, pastores, pescadores, obreros, mayordomos, siervos, que están llamados a dar ejemplo, enseñar y proclamar la Justicia del Reino de Dios. Todos, independientemente de nuestra responsabilidad, somos importantes y determinantes a la hora de motivar o desmoralizar a otros. 

La actitud positiva de fe motiva, anima y genera ilusión personal y de equipo. La motivación siempre empieza en el corazón y se contagia por la sana alegría de una fe activa dispuesta a servir al prójimo. En la práctica somos parte de un Reino de familias serviciales donde todos sus miembros se ayudan mutuamente.

El Cielo llamó a gente sencilla, para una misión sencilla, que no significa sin importancia. Las cosas sencillas de la vida son las más importantes y no se las puede encargar a cualquiera, por muy preparado que se crea. 

El Mesías no llamó a grandes mandatarios, eruditos, famosos o líderes de multitudes, sino que llamó sencillamente a gente sencilla. Uno de los problemas de estos días es que se ensalza la vanagloria y la popularidad. El Cielo llama también a gente influyente y famosa sin pasar por alto a la mejor gente del mundo. La gente sencilla, sean o no sean conocidos, son las buenas gentes de este mundo.


La mayoría de los que sirven a Dios son personas sencillas y desconocidas por otros, pero bien conocidas por el Señor. La gente sencilla  son los verdaderos artífices del esfuerzo comunitario que precisamos. Unas personas interesadas por los demás que se preocupan y ocupan en resolver problemas y no en crearlos. 

El enfoque que debemos tener es motivar a cuantos están en nuestro círculo de relación. Un lugar emocional, el círculo de relación, en el cual desarrollamos la motivación y donde nos exponemos, a las mayores críticas y pruebas de fe. Los verdaderos artífices de genuina fe motivadora saben enfrentarse a ellos mismos, el peor de los enemigos, y a todo espíritu negativo que quiere amargarnos la existencia.

“El que se cree ser algo, no siendo nada, a sí mismo se engaña. Así que, cada uno someta a prueba su propia obra y entonces tendrá, solo en sí mismo y no en otro, motivo de gloriarse, porque cada uno cargará con su propia responsabilidad” Gál. 6.3–5

La clave de que alcancemos las metas y los objetivos que pretendemos está en la correcta motivación, que nos mueve a actuar. Algunos se engañan así mismos pensando que son alguien en el plano natural y espiritual. Por lo general los que se creen más espirituales que los demás son los que desmotivan más a los demás. La unidad comunitaria tiene su mayor enemigo en la falta de intereses comunes y en la exaltación orgullosa de los intereses personales. El único motivo para enorgullecernos de algo es evaluarnos a nosotros mismos y reconocer nuestros errores y malas actitudes. 

Los responsables de lo que somos y hacemos somos nosotros mismos. Cada uno cargará con su propia responsabilidad, por lo que dice, lo que hace y lo que no hace.

La genuina fe motivadora es la disposición inquebrantable de esforzarnos para alcanzar metas, objetivos personales y objetivos comunitarios. La motivación es fe en acción que trabaja con visión de futuro, sin obviar el presente. La motivación produce buenas acciones pero las muchas acciones, entiéndase mucha actividad, no produce necesariamente motivación. Por mucho que hagas no necesariamente te va a motivar. La calidad espiritual de lo que haces es la que produce genuina fe motivadora.

Compartir la motivación generosamente, entre otras bendiciones, es la base espiritual de todo milagro de abundancia. Cuando tenemos abundancia es para que tengamos lo suficiente para nosotros y para compartir con los demás. La palabra motivado viene de tener un motivo por el cual estar feliz y alegre con uno mismo y con los demás. Servir a Dios y a los demás es la mejor de las motivaciones posible ¿Tenemos motivos para estar motivados? Si es así comparte y reparte esta enseñanza, para que nadie diga que siempre nos quedamos con lo mejor. Vivir con sanas motivaciones es la voluntad de Dios para nosotros y para nuestro círculo de relación. El que motiva anima a algunos y el que desmotiva desanima a todos. Así de sencilla es la vida.

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