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Coronavirus: La solidaridad no se improvisa

Los seres humanos estamos acostumbrados a hacer lo que queremos y cuando nos viene en gana. Algunos han definidos a los seres humanos como animales de costumbres y ciertamente no van desencaminados. La pandemia del coronavirus está sacando lo peor del ser humano, pero afortunadamente también lo mejor.


En muchos círculos sociales se habla de solidaridad como si fuera la panacea que sirve para salir de cualquier tipo de circunstancia o problema. El sindicato polaco de los años ochenta Solidaridad intentó imponer la mencionada solidaridad entre la llamada clases obrera, pero la solidaridad no se puede imponer por la fuerza sindical. La solidaridad ciertamente es un buen concepto que debe traducirse en una buena práctica personal y social.

La solidaridad se ha definido como “la adhesión o apoyo incondicional a causas o intereses ajenos especialmente en situaciones comprometidas o difíciles” ¿El apoyo incondicional a otros seres humanos es un interés ajeno a cada uno de nosotros? El gran problema de la humanidad es precisamente que los intereses individuales están muy por encima de los intereses comunes y comunitarios que una sociedad o grupo deberían representar. La presente pandemia de coronavirus ha tocado la conciencia de muchos que empiezan a intuir la importancia de ser solidarios los unos con los otros. 

La verdadera solidaridad es el amor incondicional al prójimo al cual nos exhorta la Escritura. No hay solidaridad, adhesión, apoyo, compromiso o intereses comunes sin amor. Todo en la vida se sustenta por amor sin el cual el mundo se desmorona a pasos agigantados. Una mente estructurada en la Escritura entiende que estamos comprometidos con el bien común y las necesidades de otros. Los que hoy solo piensan en sus intereses personales se sentirán avergonzados ante la pasividad que mostraron con los demás empezando por su propio círculo de relación familiar y comunitaria. 

Los solidarios se comprometen, adhieren y apoyan el bien común del resto de los seres humanos. Así mismo los que son solidarios se preocupan del bienestar de los animales y el cuidado de toda la creación en la cual vivimos. No pensemos que somos solidarios por cuidar el medio ambiente y despreocuparnos de los seres humanos. No creamos que somos solidarios cuando pensamos en las personas y somos crueles con los animales. La solidaridad es un concepto que debe englobar las diferentes áreas de la vida, en las cuales nos movemos. 

La contaminación del medio ambiente es una mezcla ponzoñosa de intereses individualistas, indiferencia social, crueldad animal, misticismo seudo religioso y de políticas que solo piensan en sus intereses partidistas. La solidaridad muchas veces se disfraza de orgullosas buenas acciones. En algunos casos las buenas acciones se publicitan para resaltar el ego personal de los que se creen así mismos salvadores del mundo. Cuidado que solo hay un Salvador del mundo y nadie puede tomar su lugar y autoridad. 

La pandemia del coronavirus nos ha sobrevenido bruscamente y nos empuja con fuerza a dejar todo resto de individualismo. El aviso del Centinela del Cielo es a integrarnos al Reino de la Solidaridad mutua ejerciéndola en comunidad. El coronavirus no deja de ser una plaga que está sacando a la superficie el egoísmo más terrible, pero también la solidaridad más luminosa y comprometida con Dios y con el prójimo. 

La solidaridad que debemos aprender en nuestra Comunidad de Fe nos tiene que llevar al compromiso firme de servir a Dios y al prójimo. Todo lo demás, como está escrito, nos será añadido por el Cielo, para que seamos relevantes aquí y ahora en la tierra. Mejor dicho, relevantes hasta lo último de la tierra. La verdadera solidaridad empieza por obedecer a Dios y amarnos los unos a los otros. Por esta razón podemos afirmar rotundamente que la solidaridad no se improvisa. La solidaridad se aprende, comparte y reparte por medio del vínculo perfecto del amor de Dios.


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