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El dilema de construir o destruir

En términos generales la mayoría diríamos que lo importante en la vida es construir, y no les falta razón, pero antes de construir siempre hay algo que destruir. El proceso de construcción de una casa exige un trabajo previo de destrucción de todo aquello que existe en el lugar en donde queremos edificar nuestra casa. Por muy poco que sea siempre hay que destruir algo antes de construir otra cosa. Un principio que se aplica tanto al plano natural como al plano espiritual. 


Todos los seres humanos solemos tener los mismos dilemas, pero no siempre la misma forma de afrontar los retos que la vida presenta. Para algunos el dilema entre construir y destruir no existe mientras entiendan que solo hay que construir, pero ¿Será verdad que solo debemos construir y nunca destruir? El dilema es mucho más complejo de lo que a primera vista parece. 

La construcción de una nueva vida exige quitar todo lo que está corrompido antes de poder construir. Todos, absolutamente todos, tenemos una pasada manera de vivir que una inmensa mayoría sigue siendo la forma de vida del presente que afectará también al futuro. Cuando hablamos del futuro hemos de entender que no es un concepto ajeno a nosotros. El futuro somos nosotros y nuestras circunstancias. Construir el futuro es una actividad del presente en la cual todos deberíamos estar trabajando. 

“En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está corrompido por los deseos engañosos, renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad” Ef.4.22–24

El viejo hombre del que habla la Escritura es aquel que está corrompido por deseos engañosos de poder, riqueza, vanagloria y una lista de torpes actuaciones que definen la actitud de la persona en relación consigo misma y con los demás. En el tema anterior mencionamos las características del hombre, léase hombre y mujer, que trascienden al paso del tiempo. Todo parece indicar que seguimos siendo los mismos pasen los años que pasen ¿Acaso no cambiamos con el paso del tiempo? Poco, realmente poco y en muchos casos nada ¿Triste verdad? Pues esta es la realidad del ser humano, aunque no nos guste reconocerlo. 

"El hombre nuevo creado conforme a la voluntad de Dios es aquel que discierne entre lo bueno, lo que parece bueno, lo malo y lo que no parece ser malo" 

Los grandes avances, en todos los campos, los han generado excepcionales seres humanos dispuestos a construir por el bien de los demás empezando por despojarse de todo el peso que así mismos les impedía avanzar. Un peso cultural, ideológico, religioso y de perjuicios varios en contra de otros a los cuales en muchos casos se les ha considerado inferiores y despreciables. Lo que no saben muchos es que siempre tenemos una gran cantidad de gentes que nos observan y para los cuales somos o no somos ejemplo. Todo lo que hacemos nos enjuicia ante los hombres y ante Dios.

“Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante” Hebr.12.1

La construcción personal exige una serie de cambios que necesariamente implica despojarse o destruir mucho de ese peso cultural, ideológico o religioso que hemos ido acumulando a lo largo de la vida. Las cargas que llevamos son en muchos casos impuestas por nosotros mismos a fuerza de conformarnos a la corriente de este mundo que nos arrastra al precipicio de la perdición. La mencionada construcción personal exige un esfuerzo a nivel personal, familiar y comunitario.

"La realidad es que tenemos que destruir lo inservible antes de poder construir lo accesible para el bien común"

El medio ambiente espiritual y emocional en donde nos movemos es de capital importancia para nuestro desarrollo y el de cuantos están en el círculo de relación en el que vivimos. Los verdaderos artífices del cambio son aquellos que están comprometidos con su familia y su comunidad de fe que son conceptos vinculantes e inseparables. 

La actitud que tenemos o mantenemos con nuestro entorno espiritual y familiar determinará el futuro a los tres niveles mencionados anteriormente el personal, familiar y comunitario. Unos niveles de relación que solo pueden estar vinculados de forma efectiva, produciendo buenos frutos, por medio de la misma fe, los mismos principios y la misma visión de futuro que en común se mantenga. 

Los sempiternos intereses comunes y comunitarios deben ser construidos y mantenidos entre todos y para el bien de todos. La idea de una religiosidad ecuménica en donde todo se mezcla en un mismo mortero, generando una masa uniforme, no proviene del Cielo sino de un espíritu de confusión. Las mezclas ideológicas o religiosas no son buenas bajo ningún concepto. Lo que creemos lo mantenemos siempre que tenga la inequívoca base bíblica. 

“Mis estatutos guardarás. No harás ayuntar tu ganado con animales de otra especie. Tu campo no sembrarás con mezcla de semillas. No te pondrás vestidos con mezcla de hilos” Lev.19.19 

La vida es una carrera en la cual acumulamos toda clase de peso y toda clase de pecado. En la mayoría de los casos el peso, ya mencionado reiteradamente, cultural, ideológico, religioso genera una serie de pecados que ralentizan el proceso de construcción de un hombre nuevo conforme a la imagen del Creador. La acumulación de peso ideológico y de pecado, sean los que sean, nos impide ver el brillante futuro que podríamos tener. La ceguera espiritual no es más que una mezcla venenosa de actitudes arrogantes, prejuicios de todo tipo y pecados asumidos como inevitables. 

La conocida frase que muchos emplean para justificar sus pecados es que todos hacen los mismo ¿Acaso que todos hagan ciertas cosas nos podría justificar a nosotros mismos? Las excusas que ponemos al llamado del Cielo a cambiar en la tierra son infructuosas, vanas y totalmente falsas. 

En la vida se nos olvida fácilmente que estamos en una carrera que precisa por nuestra parte decisión, acción, paciencia y visión de futuro. No podemos ver el buen futuro que nos espera sentados al borde del camino viendo pasar a otros que con esfuerzo corren hacia la meta. Los tramposos, una forma de pecado muy extendida, buscan la forma de llegar a la meta por medio de atajos que les cueste menos esfuerzo, tiempo y medios. 

En este punto hablamos de aquellos que quieren la victoria sin el esfuerzo y el sudor que cuesta conseguirla. Los tramposos además de engañarse a ellos mismos tratan de engañar a otros. Los tramposos piensan que cuantas más trampas hagan a los demás menos se fijarán en sus propias trampas. No hay justificación alguna a las trampas que muchos hacen en la vida. Las trampas y las mentiras son sinónimas de una misma y contaminada actitud. 

El hombre nuevo creado conforme a la voluntad de Dios es aquel que discierne entre lo bueno, lo que parece bueno, lo malo y lo que no parece ser malo. Un hombre nuevo que entiende que debe destruir, despojarse o quitar todo lo que no sirve en su vida. La renovación que necesitamos implica construir sabiendo que a la vez es necesario destruir todo lo contaminado e inservible que forma parte de los cimientos inestables en que nos hemos criado. Algunos construyen sobre plataformas inestables, débiles e inseguras que con el tiempo acaban hundiéndose sobre ellas mismas.

Todo proceso de construcción exige una cierta destrucción positiva que saque lo mejor de nosotros y que provea de lo necesario en nuestro propio medio ambiente familiar y comunitario. El proceso de construcción exige una sólida base sobre la cual afirmar una cierta estructura. La realidad es que tenemos que destruir lo inservible antes de poder construir lo accesible para el bien común.

El dilema de construir o destruir tiene que ver con el orden de actuación que establecemos. La primera actuación es destruir, limpiar y nivelar el terreno espiritual, emocional y natural sobre el cual pretendemos construir ¿Comprendemos ahora el dilema? Así lo esperamos.

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